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1.         Pueblos aborígenes de El Salvador:

El territorio salvadoreño tiene una superficie aproximada de 20,751 km2.

En la época precolombina dicho feraz territorio se encontraba habitado por tribus mongoloides, que hablaban diferentes lenguas y dialectos y habían alcanzado diversos grados de civilización.

Estas tribus sedentarias eran las siguientes: pipiles o yaquis (Grupo Nahua o Nahoa), mixe, pocomame y chorti (Grupo Maya-Quiché), potones y taulepas (Grupo Lenca), cacaoperas o matagalpas (Grupo Ulua), ximcas y mangues o chorotegas (Grupo Chiapaneco). Desde el punto de vista de grado de civilización todos estos demos, como en general todos los de América, estaban inmersos en la Edad de la Piedra, los más primitivos en el Paleolítico,[1] con un régimen de alimentación basado en la yuca y otros tubérculos farináceos, y los más avanzados en el Neolítico,[2]  aproximándose tímidamente al Calcolítico, [3] con una agricultura dominada por dos plantas sagradas: el frijol y el maíz, cuyos granos duros y secos son susceptibles de ser almacenados en trojas o en vainas y en tusas.

Las tribus pre-salvadoreñas que eclosionaron en la "cultura del barro", decididamente permanecían en una abismal desventaja con relación a las culturas europeas, específicamente la española, que llegaron más allá de la "Edad de los Metales": el hierro y el bronce, con una tecnología que incorporó al patrimonio de América, la rueda, la fragua, el torno de alfarero, las múltiples herramientas, las armas de fuego y otros adelantos que conmocionaron, vigorizaron y diversificaron las civilizaciones del Antiguo Mundo.

2.         Los Estados precolombinos:

En los tiempos prehispánicos se erigieron en el “nuevo mundo” muy pocos macro-estados, unos organizados a manera de democracias castrenses como la Confederación Azteca, en la mesa del Anáhuac (México), y otros a manera de monarquías absolutas, como los Quichés y Cakchiqueles en los Cuchumatanes y estribaciones de la Sierra Madre Centroamericana (Guatemala) y los Incas en la abrupta Cordillera de los Andes (Perú).

Empero, por lo general, y así sucedía en la más conspicua civilización aborigen: la maya, los diferentes pueblos constituían Estados-Ciudades, conrayanos e independientes entre sí, víctimas de frecuentes confrontaciones tribales y de las zozobras que imponía la posibilidad de asaltos y pillajes de los convecinos.

En el mosaico de las etnias precolombinas que poblaron el territorio hoy salvadoreño, los pipiles [4] o yaquis [5] formaban el más homogéneo grupo de pueblos de idioma náhuat [6] extendidos desde el Río Paz hasta el Bajo Lempa, organizados no en "Señoríos" sino en cacicazgos o Estados-Ciudades.

Refiere el Lic. Diego García de Palacio [7] que cuando "fallecía el cacique lo lloraba el pueblo cuatro días y cuatro noches; a la cuarta noche cuando amanecía salía el papa [8] y decía que el ánima de aquel cacique estaba con los dioses y que no llorasen más; se enterraba en su propia casa, sentado y vestido con todos sus bienes, y aquellas cuatro noches y días su llorar era como a manera de mitote [9], cantaban sus hazañas y linajes".

"Luego otro, día el Papa y todos los demás del pueblo tomaban por señor al hijo, al hermano o al pariente mas cercano". En todo caso, el sucesor era un Tatoni [10] elegido previamente por los jefes guerreros de las tribus, porque resalta evidente que los pipiles constituían sociedades políticas organizadas en la forma de verdaderas democracias militares.

"Y a la elección de éste –anota  García de Palacios- se hacían grandes fiestas, bailes y sacrificios, y él (el nuevo cacique) daba de comer a todos los capitanes y sacerdotes en su casa".

Dicho soberano o cacique ostentaba el título de Tagatécu. [11]  Él actuaba como rey absoluto o más acertadamente como los patriarcas hebreos: en el orden religioso de las ceremonias del culto pagano; en el judicial, impartía justicia de acuerdo al derecho consuetudinario; en el administrativo, percibía tributos y en tiempos de guerra, asumía la dirección del Ejército.

Como segundo en el gobierno se elegía a un príncipe valiente, quien ostentaría el título de Cihuacúat [12], magistrado supremo que impartía justicia y cuyo poder igualaba al de tagatécu. Dicha dignidad tenía claras reminiscencias totémicas y sobre todo de la antigua ginecogracia que fue la organización familiar durante el horizonte hortícola de la prehistoria americana.

3.             Vestuario de los guerreros.

Tanto en las vasijas policromas como en los códices o manuscritos jeroglíficos y en "los frescos" o pinturas parietales que recuerdan al arte paleolítico de las cavernas, todo esto a veces respaldado por referencias esporádicas de cronistas españoles e informantes de indias, hay pruebas irrecusables de que no variaba fundamentalmente el vestuario civil del castrense.

En efecto: eran los mismos el mashte, especie de braga o taparrabo que cubría las partes pudendas y el cotón, camisa de algodón, sin mangas y de escote rectangular, pues por desconocer las tijeras no arribaron los indígenas al escote circular.[13]

4.         Vida militar en tiempos de paz.

En los cortos períodos en que no se producían saqueos o enfrentamientos bélicos tanto las armas ofensivas como las defensivas se manufacturaban y guardaban en un tecpan [14], un  verdadero arsenal de guerra nombrado por los pipiles tacuzcalcu [15].

Desde el punto de vista castrense, los pipiles estaban organizados en dos órdenes militares: la de los Ocelotes [16] o Caballeros Tigres y la de los Cuauhcue [17] o Caballeros Aguilas.

Más tarde apareció una tercera orden guerrera: la de los Teculucelus [18] o Valientes Búhos.

Los pipiles habían organizado dos institutos en los que se enseñaban a los mancebos el manejo de las armas y en donde obtenían la jerarquía de militares profesionales: el Telpúshcal [19] y el Calmécat [20].

Del primero de estos colegios salían los tiacauh [21] y del segundo, los tequihua [22].

Los pipiles se reputaban excelentes guerreros y figuraban como bien entrenados y temibles soldados: "Los que eran soldados de la guerra- expresa el oidor Lic. Diego García de Palacios- no dormían en sus casas con sus mujeres sino en unos calpules [23] que tenían dispuestos para ellos; lo propio ocurría con los mancebos que mostraban el arte de la milicia, y de día iban a casa de sus mujeres a comer y beber, y de allí a sus milpas y siempre quedaba una compañía a guardar el pueblo".

Con similar organización actuaban los pocomames y chortis, en el norte salvadoreño; y potones y taulepas, en el oriente.

5.             Perturbaciones bélicas.

Las guerras se suscitaban entre cacicazgos circunvecinos por disputas de ojos de agua y vertientes, rapto de doncellas, pillaje de granos de primera necesidad en épocas de hambruna, rencillas entre tatunímet,[24] y otras causas de similar envergadura.

Cuando no se trataba de actos de asalto y despojo sino que existía una clara y manifiesta voluntad de ir a la guerra con todas sus consecuencias, el pueblo que sería objeto del ataque enemigo procedía a limpiar el terreno donde se libraría el combate.

Esto era señal incuestionable de que se aceptaba la lucha armada, el reto provocador del adversario, a efecto de dirimir la disputa según los usos y costumbres de la guerra.

Para conocer y deliberar respecto a la guerra y la paz se juntaban el papahua, [25] el Tupilzín,[26] el tehuamatine [27]  y los cuatro teupishques, [28] y por sus suertes y hechicerías, según creencias paganas, sabían si harían guerra a sus enemigos o bien si algún enemigo se preparaba para arremeter contra ellos.

En este último caso, llamaban al tagatécu, al cihuacúa y a los capitanes de guerra y les informaban sobre cómo venían los adversarios y les sugerían en qué lugar debían esperarlos para hacer la guerra.

Ahora bien, antes de iniciarse la confrontación armada el sacerdote hechicero sacrificaba un shúlut [29] descuartizándolo para averiguar, a través de la observación de las vísceras, si sería o no favorable la contienda.

Al iniciarse la batalla los guerreros pipiles tocaban el teponaguaste [30], tambores, caparachos de tortuga, maracas, caracoles, ocarinas de barro politonales, chirimías o flautas sin lengüeta, etc. que producía un ruido ensordecedor, mientras los combatientes, proferían gritos o alaridos espeluznantes.

6.             Sacrificios de la victoria.

Refiere el Lic. Diego García de Palacio, que para los pipiles la victoria militar constituía motivo de grandes celebraciones pagano-religiosas.

"El cacique-apunta, percibía toda la gente de guerra, y salía en busca de sus enemigos, y si tenía victoria en la batalla, luego el cacique (tagatécu) despachaba correos al Papahua (sumo sacerdote) y le avisaba el día que había sucedido y el sabio tehuamatine veía a quien se habría de hacer el sacrificio".

"Si era a Quetzalcoatl [31] duraba el mitote 15 días y cada día sacrificaban un indio de los que habían cautivado en la batalla; y si era a Itzcueye [32] duraba el mitote cinco días, y cada día sacrificaban otro indio".

En el sacrificio de la victoria, uno de los más importantes, se procedía así:

"Todos los que se hallaron en la guerra venían en ordenanza cantando y bailando, y traían a los que habían de sacrificar con muchas plumas (de quetzal) y chalchihuites [33] en los pies y manos, con sartas de cacao en el pescuezo, y éstas traían los capitanes en medio de sí".

"Salían el Papahua y sacerdotes con los demás del pueblo a recibirlos con baile y música mitote y los caciques y capitanes ofrecían al Papahua aquellos indios para el sacrificio. Ivanse luego todos juntos al patio de su teupa, [34] y bailaban en medio del patio, ponían una piedra como apoyo (era del sacrificio humano), y sobre él echaban al indio que habían de sacrificar de espaldas y los cuatro sacerdotes (teupishques) tenían al indio de pies y manos, salía el mayordomo (Tupilzín) con muchas plumas y cargado de cascabeles con un navajón de piedra (de obsidiana) en la mano, y le habría el pecho, y le sacaba el corazón y en sacándolo lo echa en alto a las partes de los cuatro vientos, y la quinta vez lo echa en medio del patio derecho en cuanto podía y decía, tenía Dios el premio de esta victoria."

"Este sacrificio era público, que todos los chicos y grandes lo veían."

7.             Armas ofensivas y defensivas.

Las principales armas ofensivas o de ataque de los pipiles eran:

La lanza o tecuz, temible arma de asta larga y de punta afilada y templada al fuego: los pipiles y lencas utilizaban varas sumamente duras obtenidas del árbol llamado güiligüiste. A veces, en las puntas de estas jabalinas, se colocaban cuchillas de obsidiana o de pedernal. Las astas tenían, según Pedro de Alvarado, 30 palmos de longitud, equivalente a 7.5 varas o 6.30 mts. [35].

La macana o macuáhuit [36] consistía en una porra o mazo erizado de afilados cuchillos de obsidiana vidrio volcánico o de pedernal (cuarzo amarillento).

Poseían otra clase de macana: consistía en unas tablas planas de madera con ranuras o incisiones donde se adaptaban filosas hojas o lascas de las rocas mencionadas.

El binomio arco o tauítul [37]y flecha o mit. [38] Ingenioso aparato de caza y guerra de invención casi universal y acompañante del hombre desde la más remota prehistoria, consiste de dos partes: 1) Un asta corta o varilla vegetal seca, que posee en un extremo una punta aguzada y en el otro una ranura para colocar y estirar la cuerda del arco, y en derredor de la cual, un haz de plumas da estabilidad al artefacto durante su recorrido. En la punta del asta arrojadiza solía adaptarse lascas hirientes de obsidiana o pedernal; y 2) una vara flexible o bejuco en cuyos extremos se coloca bien ajustada una cuerda, que al ser estirada, dispara con fuerza la flecha.

Disponían, como armas defensivas, con dos tipos de escudos: un disco o rodela llamado malacate [39] que servía en los combates cuerpo a cuerpo, con el auxilio de macanas; y unos corseletes de algodón, que cubría los guerreros de pies a coronilla, según testimonio de Pedro de Alvarado, con los cuales se aminoraba o neutralizaba el impacto de las flechas y las lanzas.

Nuestros aborígenes desconocían las armas blancas tanto de bronce como de hierro y asimismo las armas de fuego: ellos, como en toda la América, vivían en la Edad de la Piedra.

(MINISTERIO DE LA DEFENSA NACIONAL DEPARTAMENTO DE HISTORIA MILITAR.TOMO  I HISTORIA MILITAR DE EL SALVADOR Por Dr. Jorge Lardé y Larín.   EL SALVADOR, C.A. -1994-).

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