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Era el año 2000 y la charla con el maestro Antonio García Ponce estaba por iniciar en el salón donde daba clases de pintura. En esos días aún era maestro del Centro Nacional de Artes y junto a ello continuaba con una actividad creativa casi desbordada. Estaba por inaugurar una muestra individual en la que exhibiría parte de su obra, a lo largo de más de 40 años. Después de esa noche lo vi algunas veces en las que me comentó sobre sus planes de jubilarse, de viajar a Europa y hacer algunas exposiciones. No sé si lo consiguió del todo. Una enfermedad comenzó a frenar su incansable trajinar por el mundo. El domingo 21 de junio de este 2009 recibí la noticia triste de su fallecimiento. El texto que publico contiene breves trazos de su vida que quiso confiarme en aquella plática del año 2000.

Al maestro Antonio García Ponce le gusta repetir una frase de Julia Díaz cargada de amargura, de resignación y de verdad: “A cierta altura de la vida, lo único que te queda es la pintura”.

Sesenta y dos años han pasado desde que nació en la ciudad de Guazapa. Y desde esta altura de su vida, da un vistazo a su pasado intenso y dilatado para resumirlo en muy pocas palabras: “mi vida ha sido... vivir solo frente a un caballete”.

Al revisar la vida de Antonio García Ponce parece que estaba predestinado a ser dibujante, pintor, artista. Por un lado, su madre, María Evangelina García, tenía vocación de artista, pero las responsabilidades que implicaban ser esposa y madre en un hogar de la campiña de principios de siglo pasado le dejaban poco espacio para la creación. Con no pocos sacrificios mantuvo viva su vocación como maestra de artes.

Su abuelo materno, Pedro García Delgado, era un ingeniero civil preparado en Hamburgo, Alemania, en cuyo estudio de dibujo pasaba el pequeño Antonio García Ponce largas horas acompañándolo solo por el placer de verlo trazar complicados esquemas que luego se convertirían en obras de ingeniería. Esta relación íntima con el dibujo despertaría su espíritu artístico.

Por el lado paterno, el oficio de agricultor, maderero y cañero de Jesús Ponce, su padre, y los beneficios de arroz y fábricas de harina de sus abuelos lo mantuvieron en medio de un paisaje de campiña, entre gente de tierra caliente, gente dura, hombres de a caballo, estibadores y ferrocarrileros. “La memoria visual de ese paisaje nunca se borra”, dice ahora el artista García Ponce.

La entrevista con el maestro ocurre en una de las primeras tardes de octubre en el salón donde enseña pintura en la tercera planta del Centro Nacional de Artes. Afuera llueve a gritos. Él se queja del clima. Tenía preparado un lienzo que trabajaría con la técnica del grabado para mostrarme cómo se elabora un cuadro; sin embargo, la humedad del día ha impedido que seque.

Algunas alumnas de otros maestros se acercan a pedirle que les “dé una manita” y él les responde que ya irá a verles el trabajo. Al final, ellas terminan mostrándole sus cuadros y pidiéndole consejos, a lo que responde con instrucciones seguras. “No meto mano, explico cómo se hace en un lienzo mío y luego invito a mis alumnos a que intenten hacerlo en el de ellos”, me dice en el paréntesis de estas consultas.

Al principio, cuando empezó a ser un dibujante reconocido, solo firmaba “Ponce”. Luego, en un acto de agradecimiento a su madre agregó su apellido en la firma de las obras que realizaba y surgió “García Ponce”.

Y es que doña María Evangelina fue decisiva en la carrera de su hijo. Cuando tenía doce años, fue ella quien lo llevó a la Academia del español Valero Lecha, pues el maestro no recibía alumnos sin que hubiera alguien responsable de ellos.

Para entonces, García Ponce había pintado en los circos de Chocolate y el Unión, de México. Le fascinaba captar a los trapecistas en vuelo. Era una especie de premonición, un deseo interior de alzarse también en vuelo por la vida, como lo haría años más tarde.

Le mostró esos dibujos a Valero Lecha y este le dijo: “Veo talento acá”. Y fue en ese caserón de la calle Delgado, donde quedaba la academia a la que su madre lo había llevado, el lugar en el que conoció y estudió a los grandes maestros como Zuloaga, Velázquez y Goya. Allí empleó por primera vez modelos al natural y comenzó a dibujar con trazo académico.

Fue en esta época cuando ganó un premio mundial en La Habana, patrocinado no recuerda si por la ONU o la UNESCO. Él tenía trece años y había sido capturado “por esa especie de llama de la vida, ese estado de éxtasis en el que uno llega a no darse cuenta de cuánto tiempo ha pasado... pasaba horas y horas dibujando”, recuerda. Y agrega: “El dibujo era para mí como una fuerza interna, como una tormenta que quería desatarse... la pintura llegó más tarde”.

Durante los ocho años que duró su formación con Valero Lecha pudo perfeccionar el dibujo a tinta, el uso de carboncillo y óleo. Pablo Picasso era y ha sido su mayor influencia en lo moderno, y entre los clásicos reconoce a Rembrandt, Durero y Da Vinci.

A la par de sus estudios de dibujo y pintura continuaba la escuela. Sus primeros años los cursó en la escuela Delfina Díaz, de Guazapa, y luego continuó en la Wenceslao Cisneros, en San Salvador, donde una maestra lo motivaba para que dibujara y le hablaba del pintor Wenceslao Cisneros.

Se graduó como maestro de la Escuela Normal e ingresó a la Normal Superior buscando una especialidad.

Sin embargo, el deseo de alzar vuelo como los trapecistas de sus dibujos era más intenso y partió hacia Panamá donde trabajó por ocho meses como diagramador del Diario La Estrella.

Después del cierre de edición salía con algunos compañeros al barrio bohemio de Panamá La Vieja. En una de esas rondas conoció a unos salvadoreños que iban a sacar un curso naval para trabajar en la Marina Mercante de Estados Unidos. Se les unió y consiguió un puesto como graficador de latitudes marinas en un barco.

Por dos años vivió en el mar y en diversas ciudades de distintos continentes. De manera que a los 22 años, el mundo le parecía chico.

Había estado en Barcelona, en las mejores escuelas de arte de España. Tanto había andado ya a esa edad que igual dibujaba en un manicomio de Argelia como en una escuela de Marruecos, o en ambientes inhóspitos como la ciudad de Tánger, acogedora pero altamente peligrosa, o bien en la Avenida Jiménez Quezada en Bogotá, donde los matones andaban de saco y corbata, recuerda.

Contaba con bocetos y anotaciones de París, Francia, como del barrio de Candelaria y La Praviana, en San Salvador. “De esos barrios peligrosísimos, a los que no llegan los artistas, salen los mejores dibujos”, asegura.

Y es que en la gente de esos barrios está gran parte de la esencia del drama y comedia que encierran los dibujos de Antonio García Ponce.

En un momento de la plática le pregunté, por los amigos. Se detuvo a pensar unos segundos antes de responder: “Siempre he tenido pocos amigos. Antes tenía más, de bohemia, pero esos no cuentan... casi me estoy quedando solo”.

Insistí y de nuevo pensó un poco. Luego recuerda que Salarrué le ayudó mucho cuando ganó un premio nacional con la obra “Suprema elegía a Masferrer”, que fue exhibida en el Museo José Luis Cuevas, en México, y la que considera su obra capital.

Menciona al poeta Pedro Geoffroy Rivas entre los amigos que le ayudaron mucho. “Álvaro Menéndez era muy buen amigo, Julia Díaz, Ítalo López Vallecillos... a Manlio (Argueta) ya casi no lo veo –dice–, César (Menéndez) está un poco retirado... entrar a conquistar nuevos amigos cuando uno ya está hecho en ese viaje sin regreso que es el arte es una cosa bien compleja”, responde, en un tono del que podría descifrarse alguna dosis de resignación o melancolía.

Su última muestra individual en la Sala Nacional de Exposiciones, titulada “Drama y Comedia”, es una síntesis de la soledad, de la angustia, del temor y del dolor, es una síntesis de esos sitios sombríos a donde acude para hacer sus bocetos y anotaciones.

“He podido observar esto en el mundo, esa angustia la he visto en París, en Sao Paulo, en San Salvador, en cada ciudad donde he vivido”, observa. Por eso es que se inclina por la corriente Neofigurativa, “porque con ella trato de captar lo interno del ser humano, sus sentimientos, sus estados de ánimo: soledad, tristeza, la angustia del ser humano, que son universales”.

Este deseo de expresar esa esencia vital hace que sus pinturas no sean decorativas y los críticos extranjeros las valoren como una obra excepcional, como lo dijo públicamente la doctora en arte Bélgica Rodríguez en una reciente visita al país.

Sin embargo, el maestro García Ponce es honesto al decir que vende poco, porque si para la crítica es excelente, el coleccionista parece no darse cuenta.

“No hay una cultura plástica en el país, a eso se debe que muchos solo conozcan la gloria después de muertos. Yo no estoy de acuerdo con eso”, afirma.

Con todo, en medio de este drama y comedia que es la vida, a 43 años de su primera exposición en El Salvador, el maestro García Ponce considera que su pintura sigue siendo un desafío.

Harry Haller es el solitario protagonista de “El Lobo Estepario”, una excelente novela de Hermann Hesse. Por las calles de San Salvador he visto deambular a dos o tres personajes de nuestro arte que me recuerdan a Haller. García Ponce, a quien solo conocía a cierta distancia, es uno de esos artistas.

Cuando lo veía solitario, con su cabello amarrado hacia atrás, su rostro sin tiempo y una mirada indescifrable, mezcla de genialidad, mezcla de locura, nunca llegué a sospechar que tras esos rasgos de fuerte personalidad se ocultaba una historia dolorosa.

La pregunta es obligada en este tipo de pláticas y traté de darle cierta naturalidad. Sin embargo, caló hondo en el alma del hombre que tenía enfrente, porque de pronto dejó de ser el maestro, el artista y fue simplemente un hombre, un vulnerable ser humano.

En ese momento oscurecía. Los alumnos de la tarde se habían marchado. Afuera, el aguacero se había vuelto una llovizna tierna. Y antes de la respuesta hubo un silencio intenso que duró hondos segundos.

“He tenido hogares destruidos –respondió con la vista en algún lugar del piso– por el empecinamiento de hacer arte sin venderlo.”

Entonces me contó esta parte de su vida. Que lleva once años de estar separado de su esposa, que la comprende porque ninguna mujer querrá vivir con un artista obstinado en su arte y que no venda.

Cuando tocó el tema de los hijos terminó de adquirir la dimensión humana. El dolor de haber perdido a uno de los dos hijos de ese matrimonio es una herida permanente en su vida: “Perdí a un hijo de 28 años (Osvaldo Antonio) a quien quería mucho. Era mi único varón, había vivido conmigo en varios países... me queda mi hija que recién egresa de la universidad”.

Antonio García Ponce dice que la muerte de un hijo es algo que lo marca a uno para toda la vida: “Uno no podrá ser el mismo, hay una nostalgia, un dolor... que se manifiesta en la creación artística”.

En esta etapa dolorosa muchos decían que García Ponce, el más brillante de los dibujantes que ha tenido el país, estaba acabado. Ahora este artista solitario ha demostrado a todos que sigue más vigente y más desafiante que nunca en su propuesta artística.

Al superar el momento doloroso que le causan estas remembranzas, adquiere de nuevo su talante y vuelve a ser el maestro García Ponce cuando dice que pese a todo “hasta hoy, no ha nacido una mujer que me saque de la pintura”.

Ya antes le había pedido su valoración sobre las nuevas tendencias artísticas en el país. Con habilidad diplomática evadió la respuesta. Ahora le pregunto directamente sobre la tendencia de los muchos artistas jóvenes a manchar, a hacer un arte que parece fácil y poco perdurable.

Y responde con lo suyo: “Se tiene que haber tenido mucha experiencia en el exterior para practicar el minimal art... Yo estudio a los grandes maestros para afinar mi oficio. Trato siempre que la realización triunfe sobre la idea”.

Sobre el futuro, igual opina poco, pero lo poco que opina tiene profundidad. “El futuro es hoy, uno tiene que vivir intensamente la vida. Mañana, ¿quién sabe?”, se autopregunta.

Y agrega: “Tengo que estar más concentrado en la responsabilidad y la disciplina, y exponer lo más que pueda en el país y fuera de él... Si yo abandono esto, allí me muero”.

Ha oscurecido sobre San Salvador, las luces iluminan la ciudad. La lluvia nos concede una tregua muy breve. Incluso, la luna se ha atrevido a asomarse con timidez en el lienzo claroscuro del cielo encapotado. Algunos estudiantes quedan dispersos en el Centro Nacional de Artes. Faltan pocos minutos para que sean las 8 de la noche. Hemos concluido la charla, pero el maestro Ponce busca una excusa para permanecer más tiempo en ese salón del tercer piso junto a su lienzo a medio terminar, como tratando de conjurar el tiempo irremediable que habrá de llevarlo de regreso a la soledad de su estudio.

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