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Teatro Santa Ana
El teatro de Santa Ana puede jactarse de muchas cosas: de estar a punto de cumplir un siglo de existencia, de su opulencia y de su buen estado de conservación. Con un proceso de restauración que ya alcanza el 88% de su estructura, es la envidia del resto de inmuebles del centro histórico santaneco. Un monumento nacional con un pasado que enorgullece y con un futuro esperanzador.

El teatro de Santa Ana es ahora de color verde menta. Los restauradores aseguran que con este tono se inauguró el edificio el 27 de febrero de 1910. Antes, el teatro pasó por blancos, amarillos y rosas. Todo un actor que se ha maquillado siempre para la céntrica plaza Libertad. Un viejo que siempre genera polémica: “El teatro me llama la atención. Tiene un aire europeo innegable; sobre todo por dentro. La fachada, en cambio, es muy colorida; me parece un tanto tropical, casi como un gran perico posado entre varios edificios de arquitectura importada. En Europa, los edificios no están pintados así”, nota un sonriente Alessandro Giongo, de 31 años. Un turista italiano.

Alessandro desconocía que el teatro tuviera influencia italiana directa. Más de media docena de sus connacionales participaron en el proceso de construcción y decoración. Y desde el 9 de febrero de 1902, los santanecos se sorprendieron por las características del teatro que construían. En medio del ardiente trópico, arribaron mármoles y estatuas desde Italia, adornos en bronce de Austria, enormes espejos y lámparas de Bélgica... “El teatro fue construido por un grupo de cafetaleros. Había cierto caché en Santa Ana y se vio la necesidad de representar ideales y aspiraciones, en edificios que rivalizaran con los de San Salvador”, explica Matilde de Aguilar, gerente de la Asociación del Patrimonio Cultural de Santa Ana (APACULSA).

Para lograrlo, el Gobierno contrató en 1901 a los arquitectos Francisco Durini y a Cristóbal Molinari. Este dúo radicaba en Costa Rica. Allá, Molinari decoró el Teatro Nacional tico, finalizado en 1897. Ambos teatros poseen analogías y diferencias: Para financiar estas obras, por ejemplo, los salvadoreños aplicaron un impuesto de 12½ centavos a cada quintal del café santaneco exportado. Los costarricenses trataron de hacer lo mismo, unos años antes, pero según la historiadora costarricense, Astrid Fischel, en su país había muchos opositores del impuesto porque “era injusto que todo el pueblo pagara por un teatro que solo iba a beneficiar a un pequeño sector”. Por ello, el teatro tico fue terminado con un impuesto sobre mercaderías importadas. En El Salvador no pasó lo mismo. Ya había costumbre de pagar todo con el café. La construcción del ferrocarril (La Unión-Guatemala) y el Palacio Nacional de San Salvador eran dos antecedentes.

Interiores Teatro Santa Ana


No obstante, arquitectónicamente, los teatros de San José y Santa Ana atesoran similares decoraciones interiores, repletas de óleos, lámparas de araña y muebles con molduras retorcidas. Todo importado, salvo los trabajos de construcción y ebanistería.

La opulencia del teatro se percibe sobre todo en dos áreas: el auditorio y el Gran Salón Foyer. El primero, de tres pisos y de forma circular, se halla rematado por una bóveda con los frescos alegóricos a las artes, flanqueados con los retratos de maestros de la música: Rossini, Gounod, Wagner, Bellini, Verdi y Beethoven y hasta un reloj. Los palcos y plateas, cuentan los restauradores, estuvieron forrados con tapices damasquinos; o tenían mobiliario vienés de la firma Thonet. Aún hoy, sin el tapiz original, lucen elegantes. El escenario alardea con un arco proscenio lleno de molduras decorativas. Desde él la vibración de la voz humana rebota hasta en el último recoveco del auditorio. Siendo agradable para las 800 personas que puede alojar el edificio. Debajo de las tablas del escenario existe una piscina, vacía, que antes se llenaba para aumentar la resonancia. Ahora se puede prescindir de ella, Japón donó un moderno equipo de sonido. Para el director de patrimonio nacional Héctor Sermeño, este teatro es “el mejor”. Lo mismo dijo en 1953 el historiador Jorge Lardé y Larín. La acústica original es muy buena.


La suntuosidad prosigue en el iridiscente Salón Foyer, en la segunda planta. Una gran sala social. De gran estética, única en el país. Allí los santanecos bailaban foxtrot o vals rodeados por los 14 escudos nacionales y los bustos enfrentados de Shakespeare y Dante Alighieri. El parqué, recién restaurado y con un intrincado diseño geométrico, refleja, en su brillo, el cielo de estuco. Un cielo pintado con un enorme e idílico fresco con querubines absortos en bailar y tocar flautas. A unos pasos, la terraza de cinco arcos se refresca con el aire que entra por bocanadas desde la calle. La terraza también tiene sus óleos. Pero, de escenas folclóricas: mujeres indígenas en trajes de volcaneña; un campesino arando el campo, y una, donde aparece un salvadoreño entre un buque y un engranaje (símbolos de progreso e industria), realizadas por el pintor italiano Arcangelli.


Mientras observa el Foyer, el arquitecto restaurador Emilio Centeno presagia satisfecho que los trabajos de restauración terminarán en 2009. “Casi cuando el teatro cumpla 100 años. En este momento estamos con el 88% del proyecto. El terremoto de 2001 vino a retroceder lo que se había hecho. Incluso las estatuas de la fachada (un ángel con una lira, y las estatuas del drama y la comedia) se cayeron. Las originales las hemos puesto en la entrada, y pondremos arriba otras de fibra de vidrio.” Este proceso se inició en 1981.


Dos años después de emprenderse la restauración, el teatro de Santa Ana fue seccionado por la Asamblea como dos monumentos independientes. El jardín del teatro o parque José Kessels se declaró monumento nacional en 1983. El parque lleva el nombre de un compositor holandés que radicó en la ciudad a principios del siglo XX. Lleva también la pintura color verde menta.

 

Detalle

“Se ha dicho siempre que los edificios son mudos, pero este casi habla. Da clases de historia y arte. Casi se pueden oír poesías, pianos, óperas, incluso películas”, reseña Matilde de Aguilar. Ella explica que en la crisis de 1929 el teatro se convirtió en cine. Pero esa década prefiere no recordarla. A Matilde le gusta evocar que desde 1910 desfilaron por el teatro la compañía italiana Sinibaldi, el ballet Bolshoi, el ballet ruso de Montecarlo, Claudia Lars y Gabriela Mistral. Y la función continúa para el teatro. Lo que resta del año el itinerario tiene más de 45 actividades pendientes. Un teatro reactivado. Activo. Refugio de convenciones de odontólogos y reuniones de damas del Club Rotario, y también varias muestras de teatro español, argentino y centroamericano que solo se presentan en este escenario. Por cuestiones de gusto o acústicas.

Pero existen aún salvadoreños que no conocen el teatro. Dos “coras” abren sus puertas. No es necesario ver óperas o recitales para contemplar este edificio. “Yo nunca he entrado, y eso que soy santaneca. Allí solo jóvenes y gringos llegan. Un día que tenga dinero y no tenga nada qué hacer voy a ir”, murmura María del Carmen Salazar, de 68 años, mientras despacha unas pupusas justo frente al teatro. Por hoy, el teatro santaneco trata de ganar atención de los salvadoreños, y la fachada verde menta parece un buen reclamo.
 
Revista Dominical de La Prensa Grafica.
POR Carlos Chávez /FOTOS: Rony González

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