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El investigador salvadoreño Ricardo Roque Baldovinos, especialista en literatura nacional, ha hecho un recorrido por los periódicos salvadoreños de finales del siglo XIX y principios del XX, rescatando materiales publicados por autores de la época sobre algunas de nuestras costumbres y tradiciones.
El siguiente ejemplo, consiste en una crónica de Rubén Rivera y fue tomado del periódico La Unión, No. 142, lunes 5 de mayo de 1890, p.1.


Rubén Rivera
La gran feria de las flores

Parecía que los jardines y los campos floridos habían trasladado a las calles que circundan el Mercado; se han descuajado bonitos arbustos, y los dorados y verdes frutos han caído de las ramas para inundar la ciudad.

Las fiestas de la cruz se celebran con pompa primaveral, que tiene delicias indefinibles, y que es suave y fresca como los tallos recién agostados, y grata como la esencia de esas florecitas que adornan como alfombras el suelo húmedo, y que vienen en sartas sobre los cestos rebosantes y esperados. Sobre lo verde de los ramos y el dorado de los frutos, lucían sus colorines las flores variadas, y el aliento de esos naturales adornos refrescaba el espíritu.

Así se respira una atmósfera de vida y se ama la Naturaleza cuyos éxtasis amorosos producen bellezas inagotables y cuya savia nos da también a nosotros el delicioso calor que mueve la sangre y hace pensar los cerebros.

En estos meses se acostumbran las fiestas campestres; y los que no van a enflorar su cruz debajo del tamarindo de la huerta, hacen venir las ramas y las flores para enverdecer los patios y sentarse a comer los coyolitos negros, con toda la unción y buen apetito que despiertan las presencia de la insignia sagrada y los racimos pendientes de las “palancas”.

Por eso los aldeanos se echan a cuestas media campiña y vienen por ahí como montañas ambulantes a sentar sus reales en las cercanías del Mercado; y por eso también las gentes de San Salvador toman muy temprano el camino y se vienen con sus criadas provistas de grandes cestos, a comprar todas esas verduras.

Yo no había tenido ocasión de divertirme con ese espectáculo, a pesar de haber vivido varios años en esta capital; y cuando por la mañana salí a la puerta y me encontré enfrente de él, sentí una agradable impresión. Soy amigo apasionado del campo y de sus tranquilas complacencias.

Sentado delante de montones de ramos de ciprés y de pino, de cañas con frescos retoños que los carreteros sacaban de sus repletos carretones, de hojas de pacaya y de cocotero, estaban muchas campesinas llenando sus bolsillos ávidos. Otros tenían en venta racimos de coco, de aceitunas, de uvas, de coyoles verdes y negros, de unas frutillas rojas que ellas llaman “perlas”, se sabrosos mangos verdes que los muchachos devoraban en rebanadas rociadas de sal. Por todas partes se veían promontorios de doradas naranjas y de limas, de sandías y cestos con jocotes de jugo acidulado y dulce.

Las amarillas flores de coyol, como caudos de cometas, desgranándose sobre las brácteas que parecen pequeñas embarcaciones, las flores de la cruz formando matices caprichosos, ya a granel ya en sartas larguísimas que las viejas hacen con una calma admirable, –había una viejecita que ensartó sus buenos millares de flores– los pitos rojos entre las verdes hojas y que los chicos hacen silbar por las calles, los retoños de ruda y las rosas frescas, todo esto derramaba esencias que perfumaban el aire y alegraban a la multitud.

Los hombres atravesaban la muchedumbre cargados con las cañas de azúcar, las criadas se arrebataban las coloraditas flores del nance y las del paraíso; las señoritas le echaban pesca a las “colas de mico”, enrolladas y felpudas, y a las flores de “corozo”; corrían los muchachos con los sapotes (sic) y coyoles, y muchas mujeres iban enfloradas como toritos en rifa. Alguien llenaba su cesto con las flores olorosas del sanco y otras se retiraban orgullosas con su provisión de hojas extrañas para regar delante del altar.

Pero entre una gran variedad de flores y de frutos del campo, con la sabia (sic) aún de la madre tierra, había –¡qué atrocidad!– algunos ramitos de flores de papel que las sencillas gentes se arrebataban; las hojitas doradas y los estambres rígidos ¡qué desafinamiento! Las campánulas así, sin la debilidad que las caracteriza, son atroces y detestables.

¡Qué hermosas se iban las canastas rebosantes y floridas, que huían en todas direcciones! Y detrás de ellas iban clavados los ojos de los muchachos golosos que se aprovechaban de un descuido para robarse un mango.

Entre la multitud que iba y venía, que forcejaba por ir adelante y que volvía hacia atrás, que daba gritos y que de vez en cuando lanzaba arañazos y bofetadas, flotaban las lujosas sombrillas y debajo de estas se veían los rostros rosados, los ojos alegres y las bocas pequeñitas de las señoritas y la serena majestad de las señoras que andaban haciendo sus provisiones para sus cruces.

No faltaba también la blanca toca de alguna hermana de la caridad que andaba comprando las flores para su altar y frutas para los chiquillos del Hospicio. Todas parecían satisfechas y orgullosas de sus adquisiciones.

Flores llegaban y flores se iban, frutas venían y frutas se marchaban; todo iba a parar al interior de las casas, donde con ansia se esperaban los canastos y se revolvían para ver su contenido. Y era de levantar los pintorescos altares verdes, sobre los cuales lucían blancas las primorosas toallas suspendidas del maderito, y entre los ramos se colgaban los pintados farolillos chinos.

Y por la noche… ah, por la noche todos anduvieron de cruz en cruz viendo las cruces y a las bellas paseadoras.

Y los rapaces, que iban en grupos, no salían de contentos si no habían podido pezcar algún racimo de coyoles o una sandía para devorarlos en la calle en medio de comentarios y de risas.

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